El dragón de la Sierra de Aralar

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¿Por qué me da la sensación de que el Balerdi me mira con el ceño fruncido? Su figura oscura y altiva destaca sobremanera sobre el manto verde del valle de Araitz. A veces amanece con txapela, coronado por las nubes que se agarran a sus pliegues; en otras ocasiones el sol calienta sus piedras añejas resaltando las arrugas, las manchas, los pliegues… En invierno la nieve le pone años, avejenta su porte con trazas blancas o le coloca, directamente, un gran manto helado. Pero él, haga sol, lluvia o nieve, mantiene ese aspecto de tío gruñón, siempre dispuesto a soltar un resoplido y mirarte con mirada corva, siempre preparado para revolver tu pelo y lanzarte una medio sonrisa que deja a las claras su proximidad y calidez, el cariño que sabemos que anida en su corazón.

Visto desde lejos, podría pensar que se trata de la cabeza de un gran dragón cuyo cuerpo inerte se extiende formando un cordal, esas Malloas convertidas en espina dorsal. Duerme tranquilo, reposado en los bosques y prados, guardadas las espaldas por la formidable sierra de Aralar. Las ovejas deambulan tranquilas disfrutando de los pastos frescos, sabedoras de que el gran gigante no se levantará. Lo conocen bien los habitantes de los valles circundantes: el mencionado Araitz, Larraun, Imotz, Basaburua, Ultzama, Atetz… paraísos ganaderos, territorios de robles centenarios, paisajes de silencios.  Monográfico Valles Navarros 

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