Ríos de Galicia

Llueve con una frecuencia desmedida, a veces el orballo, esa lluvia fina y cansina que parece inexistente pero te cala hasta los huesos. Son esos días monótonos y tristes en los que el cielo se sitúa muy abajo, casi encima de nuestras cabezas, y llora de manera incontrolada. No son mejores aquellas jornadas en las que el viento arrecia con fiereza, esas arroiadas en las que las cortinas de agua se remueven veloces, se inclinan y azotan sin clemencia a quien se atreva a caminar. Da igual que intentes taparte con el paraguas, que lleves botas de goma y gabardina. La lluvia juega contigo y se te cuela por por todas partes, te empapa hasta el alma.

Si en las zonas polares hayabundantes palabras para hablar de la nieve y el hielo, en Galicia hay un centenar para nombrar a la sempiterna lluvia: choiva, froallo, lapiñeira, barruxada, marmaña, parruma, parrumada, patiñeira, patumeira, poallo, zarzallo, bategada, cebra, cebrina, chaparrada, chuvascada, chuvasco, chuvieira… no en vano, la lluvia está presente casi la mitad del año. Sí, en Galicia chove a caldeiros, pero es por ello también que su espléndido paisaje puede presumir de verde, de bosques frondosos en los que el musgo y los helechos dibujan escenarios mágicos, bellos hasta rabiar; y presumen de ríos que corren bien alimentados por los torrentes, los bien dotados afluentes, las cascadas…

No es de extrañar que en sus orillas se instalaran multitud de molinos, ya que la fuerza de las aguas se mantiene durante meses y el ser humano pronto vio la oportunidad de aprovechar esa energía natural para sus quehaceres y beneficio. Fueron parte importante de la economía de muchos pueblos y de ellos quedan muchas huellas, muchos edificios que nos cuentan una parte de la historia de este país, historias de sus gentes y costumbres. Algunos, rehabilitados y en funcionamiento, se pueden visitar.

Nada mejor, pues, que caminar por antiguos senderos en busca de esas aguas saltarinas, para disfrutar de su ímpetu y belleza. Anxo Rial, fotógrafo gallego, nos propone una treintena larga de rutas por los cursos fluviales gallegos más bellos: Sil, Miño, Navia, Eo, Tambre, Deza, Limia… Sugerentes, ¿no?. Una invitación para adentrarse en los silencios de estas tierras. No olviden llevar chubasquero y un buen paraguas. Hay muchas probabilidades de que llueva, pero ahí radica el encanto y la esencia de esta tierra.

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